ESPAñOL, Familia mixta, México desde el extranjero, Reflexiones, Vivir en Francia

Este otoño, también va a pasar…

Han sido meses ajetreados, de cambios drásticos, de momentos felices, otros profundamente tristes y ya han pasado once meses desde que di a luz por segunda vez. Diego llegó en plena tarde de un soleado domingo de otoño y su nacimiento, materializó nuestros más preciados sueños.


Tuve un maravilloso parto natural que me permitió hacer las paces con el angustioso recuerdo de mi primer alumbramiento. Sucedió al final de la pandemia y seguían vigentes los protocolos y limitantes impuestos por el gobierno, sin embargo, ninguna restricción empañó la inmensa felicidad que trajo la llegada de este segundo bebé, tan deseado como el primero, a nueve años de distancia.

Hoy recordé la sorpresa que tuve al descubrir su piel clara y su hermoso rostro, con grandes ojos oscuros. Contra todos los pronósticos, Diego es su padre en miniatura, aunque El Rey diga que sí se parece a mí porque tiene mis pies y mis orejas.

Ahora que el clima empieza a cambiar y siento el vientecillo fresco que anuncia el otoño, recordé aquellos días lindos y los saboreo con un dejo de nostalgia y un pinchazo en el corazón.


Fue un periodo mágico, pues tuve la gran fortuna de estar rodeada por el amor de toda mi familia, aquí y en México. Diego reunió a personas importantes en mi vida y aunque siempre faltarán seres queridos, consecuencia de tanta distancia física, tuve a mis padres en Francia durante unos meses. Di a luz tranquila, a sabiendas de que Inés, mi primogénita, estaba en Sérignan, con sus abuelos, paternos y maternos.

En el otoño y parte del invierno del 2021, estuvimos juntos, mis papás, mis suegros, mis hijos, mi marido y yo. Por cuestiones médicas, nuestros planes cambiaron y debimos aislarnos con el bebé durante todo ese periodo. Nos tuvimos los unos a los otros. De verdad, fui consciente del gran regalo que la vida nos dio al coincidir una vez más y mi conciencia de aquel presente, fue también otra bendición.


Meses después, cuando el verano llegaba y la muerte golpeó a mi familia, le agradecí al cielo, aquellos meses en los que coincidimos en tiempo y espacio con mis padres y mis suegros – cuatro valiosas personas, que son como puntos cardinales en mi vida (nunca se los digo, hoy se los escribo). Tuve a mis dos hijos en mis brazos, compartí lindos instantes con amigos cercanos, acompañada del Rey.

Por mil azares del destino, en aquel momento, teníamos la impresión de pasar de nuevo por una mala racha, otro periodo incierto y preocupante. Pero no fue así. Y con rotunda certeza, puedo decir que la vida nos hizo un favor y a pesar de nuestras pequeñas tribulaciones, el final del 2021 fue un periodo simplemente feliz.


A mí, que no me gustan mis cumpleaños, llegué a mis 38 en noviembre y lo celebré con ellos en casa. En petit comité, me sentí maravillada y agradecida con la vida porque esos momentos son muy raros y es difícil repetirlos. Brindamos y traté de darles un pequeño discurso, pero no pude porque me quebré en llanto, como lo hacía la tía Elena. Después reímos juntos, me abrazaron…

Gocé de la presencia y el cariño de mis padres como desde hacía años no podía hacerlo y aunque siempre me falta toda la mitad de allá (mis hermanas, sobrinos, tíos, primos, amigos…) por un par de semanas, con mis papás en casa, me sentí casi completa. Hicimos cosas extraordinarias, como algunas visitas turísticas a los alrededores y hasta un fabuloso viaje a Budapest, yo sola con mis padres y mi hija mayor – que amerita otra entrada.

Pero lo mejor de esos meses, fueron los momentos sencillos de la vida cotidiana, esa que ya no compartimos por la lejanía física.

Levantarse sin prisa y desayunar juntos, hacer las compras en el mercado, ir por la nena a la escuela, tomar el aperitivo o jugar lotería o turista mundial, para pasar el rato durante una noche fría… Quince años lejos de mi México querido me han hecho apreciar el valor inestimable de esas cosas sencillas, de discreto encanto. Son esas las que le dan sabor a la vida, aunque no parezca. Son esas las que más se extrañan.

Regresaron mis padres a México y durante un par de días lloré de tristeza, de miedo y de nostalgia. Con cada adiós el corazón se curte, se hace más fuerte, pero jamás se acostumbra.

Tout passe… Todo pasa…. Decía el buen Jo que hoy, tanta falta nos hace… Y tenía tanta razón. Los momentos felices, al igual que los malos, son solo momentos, instantes que llegan y pasan.

Es tan fácil acostumbrarse a tener quién cuide de uno. Es tan fácil olvidar que la vida es frágil. Que llega y pasa…


Mis padres están a diez mil kilómetros de distancia. Jo, mi suegro, está en otra dimensión y nuestra casa se quedó llena de ausencia. O más bien, nos dejaron su presencia: en todo lo vivido, en el amor, sus enseñanzas y sus valores… De cualquier manera, en mi persona, en mi carácter, en mi manera de actuar día a día, tengo mucho de ellos. Y siempre están en mi corazón, en mi memoria, en mi alma y la de mis hijos.

Este verano, mi hija la mayor, cumplió diez años y el bebé de ojos grandes cumplirá uno el próximo mes. Ya empieza a desplazarse por la sala. No gatea mucho pero se perfecciona y pronto se va a parar, va a caminar y después… No siento ninguna urgencia por todo ello, pues ya sé que todo pasa. Tout passe.

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